Tuesday, March 31, 2009

De un rancho a otro.


No siempre la vida nos besa en la boca como dice Serrat. A veces nos da una bofetada, nos avienta un balde de agua, nos despierta de un grito... La mayoría de las veces, coquetea como la más puta de entre las putas. Y así, presa del coqueteo, decidí aventurarme.
Me escapé del desierto y sus calores. También escapé en su momento de los cerros y las playas, del “secuestraron a tu vecino” “mataron al conocido” “encajuelaron al Chuy”. En fin, me vine escapando de mi Baja California.
Crucé la frontera y manejé dos días por el Highway 10 hacia el este y hacia el sur. Destino final: Monterrey. Llegué como los que llegan tarde a todos lados, a la tierra prometida para los que quieren hacer lana. Los que quieren vivir el sueño “Regio”, donde palpita el alma del noreste, el Barcelona de México, dicen.
Después de siete meses, te puedo contar que me llevo de aquí:
La memoria de la Macroplaza y sus patrullas con ventanas blindadas, de payasos pobres queriendo bailar en quinceañeras, de puestos de “conchitas con elote” vacíos de clientes por las zonas tomadas por los “Zetas”, de civiles asalariados del narco protestando por la intervención del ejército en Nuevo León, helicópteros sobre mi terraza, la casa de arraigo azul añil que está en la esquina de mi cuadra, redadas en bares, capos asesinados, secuestros en San Pedro…
Ahora voy de regreso a mi tierra prometida: La tierra del dátil, los vinos y la buena pesca. La tierra del desierto, de los cerros y las playas. Y no es que prefiera una violencia que la otra. Sólo que una me es más conocida. Reviso el periódico y conozco a los protagonistas de los obituarios. Quiero tener centro, domicilio y patria. Conozco las flores de mis muertos. El dulce y tenebroso olor a Margaritas.

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